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Hablar auténticamente : "Hoy es fiesta", de A. Buero Vallejo

Mis à jour : oct. 1

Comentario de las páginas 270-273 del acto tercero de Hoy es Fiesta, de Antonio Buero Vallejo (Col. Austral)


por Christophe Gervot, artista y psicoanalista francés.


Además de una crítica artística de esta obra de teatro de la época de la dictadura franquista en la que los artistas tenían que elegir entre « posibilismo » (lo que se podía publicar a pesar de la censura) o « imposibilismo » (lo que no se podía publicar a causa de la censura, y que se publicaba fuera de España), me ha gustado, al volver a leer este texto de mi juventud, volver a encontrar una trama psicológica que se adecua con mis investigaciones actuales de psicoanalista. Sin embrago, si los artistas no dejan de expresar lo que es la humanidad e inspiran a los psicoanalistas, teatro es teatro, y psicoanálisis psicoanálisis es.


Este comentario de esta obra termina con una evocación del mito de la caja de Pandora, o sea de lo que queda cuando una situación parece sin remedio : la esperanza. Pero en esta obra, hay más.


« Hoy es fiesta ». Lo afirma Buero vallejo por mediación de Doña Nieves en las primeras páginas del drama, pero no sobran tres actos para que entendamos quizás por fin qué sentido cobra este título, y en qué medida esboza la obra « el carácter trágico de la esperanza », según dijo el mismo Buero Vallejo. Ya han transcurrido tres actos y estamos cerca del final : en esta escena dialoga una chica desesperada con un hombre maduro, y el diálogo trabado entre los dos posibilita el paso de la desesperación a la esperanza frente a la vida, efectuándose éste al hacerse lúcida Daniela ante la realidad. Pone de manifiesto asimismo la interdependencia de los seres que se necesitan mutuamente para hacer frente a los trances de la vida, acercarse a la verdad y lograr, quizá, alguna forma de «redención».


Por haber sido rechazada por su madre a quién había « delatado » al revelar su mentira (el « gordo » no había tocado en realidad), Daniela repite : « todo está perdido. (…) ¡ Todo perdido ! » Acabaron todas sus esperanzas frente a una situación que ya no se puede remediar, según le parece. Por esta manifestación de pesimismo definitivo empieza la escena en la que va a recobrar por fin la esperanza, elegirla entre los dos términos de la alternativa que se le ofrece al hacerse lúcida ante la realidad : esperanza o desesperación.

Por de pronto, la agobia el mundo que la rodea. A la desesperanza de Daniela parece corresponder el hecho de que se enciendan « las luces de la calle », en aquel mismo momento, participando de lo que pasa hasta hacerlo peor o llevarla a sacar conclusiones extremas : se ofrece el « empedrado » como se ofrece la muerte. Pero interviene Silverio, y su reacción inmediata (la detiene) es la del hombre que sigue esperando en la vida. Y le pide que ella también confíe en la esperanza : « Y si no te hace caso, no te desanimes. Mañana será otro día ». El usar aquí de una expresión de las más trilladas (« mañana será otro día ») no le quita sentido porque lo cobra en una realidad apremiante.


Ya está planteada la alternativa que nace del enfrentamiento de los sueños y las esperanzas con la realidad que decepciona. A Daniela no ha dejado de decepcionarla su madre y « la quisiera distinta », como le dice Silverio. De ahí nació un amor imposible. No pudo elegir entre querer a su madre tal como era o no quererla en absoluto (hasta odiarla y despreciarla como lo hizo a veces), privándose así de lo que puede ser una madre.

Obvio es que hay que considerarse con serenidad para querer a otra persona : « todos queremos ser distintos... » dice Silverio, cuya experiencia personal le inclina a pensar que eso no es sino un problema universal. Por eso resulta tan importante la esperanza, que es lo único que pueda animarnos en esta continua búsqueda : « … Por eso hay que buscar la manera de lograrlo, en lugar de desesperarse. »


Dicho paso de la desesperación a la esperanza que, Según Silverio, viene vinculado con el acceso a la edad adulta (« … tú has dejado de ser niña, Daniela ») no se hace sin dificultad y Daniela no corresponde totalmente al retrato que hace de ella Silverio, siendo todavía niña también. Esta ambivalencia la recalca la exclamación : « ¡ No podré resistir su compasión ! », sumamente ambigua, con la que se niega Daniela a que se le manifieste compasión (por ser ya mujer fuerte), confesando al mismo tiempo su vulnerabilidad ante aquella misma compasión (por ser todavía niña).


Con todo eso se relaciona su comportamiento, que es lúcido e impulsivo a la vez. Primero la domina su impulsividad : quiere suicidarse, y el proceso mental que la lleva a esta conclusión viene descrito por Buero Vallejo de manera muy expresiva. En ella parecen imperar impulsos repentinos : « De pronto corre hacia el pretil », « se vuelve rápida », « respira agitadamente « . Pero poco a poco y lográndolo al fin, se hace dueña de si misma : « vuelve a mirar la calle, ahora largamente », « despacio, comienza a levantar una pierna ». Sobre todo, y eso desde el principio, parece muy lúcida respecto a lo que está haciendo : « medita, con los ojos muy abiertos », « (…) se para a medio camino, asustada ». Parece estar mirando a sí misma, mirando la realidad, y se repite el verbo « mirar » (« mira la calle », « vuelve a mirar la calle »).


La lucidez de Silverio, la subraya el paralelismo « extraño » / « extrañado » (« Se inclina - Daniela – de extraño modo » ; « En cuanto la ve, se detiene, extrañado ») que nos puede hacer pensar que por ser el personaje más lúcido ante la situación en que se halla y se hallan los demás, es el que se parece más a Buero Vallejo. Por eso le parece extraño a él lo que quiso Buero Vallejo que fuera extraño.


Y verdad es que Silverio es el más lúcido entre los vecinos, el que más atención presta a los demás, el que mejor los conoce y comprende : « Compadecido, Silverio menea la cabeza y se acerca (…) - Su madre es una persona… muy incómoda… y usted no puede mandar en sus sentimientos para con ella ». Su lucidez es fruto de su experiencia de la vida, conseguida a lo largo de los años, y a veces los años lo relativizan todo : « ¡ Qué niñería, llegar a un pensamiento tan terrible sólo porque la vida… nos apretó un poquito el cuello ! (…) El tiempo pasará y lo dulcificará todo… El tiempo es una cosa tremenda ». Esa última afirmación corre parejas con ésta : « Obras son amores, hija mía ». Las acompaña su sonrisa (« sonríe ») que también es señal de que tiene experiencia de este tipo de sentimientos. Esos sentimientos debió de experimentarlos para con la hija de Pilar que no era suya y de cuya muerte se ha ido echando la culpa desde entonces. Pero la esperanza también es confianza en el fluir del tiempo y en el olvido que produce y que nos libra, o más bien apacigua pasiones como las que generan recuerdos de pensamientos « culpables », aunque no acierte a vencerlos.


En lo que antañe a Daniela, hacerse lúcida significa pasar a ser adulta a costa de sufrimientos, encarándose por primera vez con la vida y su crueldad. « (…) Tú has dejado de ser una niña, Daniela » le dice Silverio, y sigue : « Te has convertido en mujer y tendrás que mirar a las cosas de cara, sin flaquear ». « Mirar a las cosas de cara » es lo que ya ha hecho delatando a su madre, es decir negándose a prescindir de la realidad de la que su madre huía callando la verdad.


El « sí » que por fin pronuncia Daniela contestando a Silverio (« estás dispuesta a afrontarlo todo. ¿Verdad ? ») lo resume todo, puesto que es a la vez el sí de la aceptación de la verdad, pero que no es nada triste – Silverio « alegre, le oprime los brazos » - y el sí de la resignación a esta vida en que « no faltan estrecheces, penas... ». Pero este sí se opone radicalmente al estado de ánimo en que se hallaba al empezar la escena.

Fue la llegada de Silverio la que salvó a Daniela. Fue él quien le comunicó esta fuerza de esperanza. Pero no se limita la trama de esta escena a la ayuda que le presta el hombre maduro a la chica desesperada, sino que viene tejida con los lazos afectivos trabados entre varios personajes que se necesitan mutuamente. También Daniela le ayuda a Silverio.

Ha querido suicidarse Daniela porque se ha sentido « en deuda » con su madre. Eso es una prueba de que su amor por su madre no es sólo amor anhelado, sino también amor que le quiere dar o mostrar, aunque sea a costa de su vida. Esta interdependencia de los dos seres también la recalca Silverio en la relación de Daniela con Fidel : « Te necesita más que tú a él, créeme (Suspira) ». Basta este suspiro para darnos a entender que en esta relación que sólo empieza entre Daniela y Fidel reconoce Silverio, o por lo menos proyecta, su relación con Pilar. Poco antes, ocurrió una ruptura en el tono y en el modo de dirigirse Silverio a Daniela : había que efectuarse una « transición », como lo escribió Buero Vallejo. Entonces se acerca (en sentido propio y también afectivamente) Silverio a Daniela. Ya no la trata de « usted » sino de « tú » : « Será tuyo ». Poco después se hace más precisa esta relación nueva, al preguntar Silverio a Daniela : « ¡ Vamos ! ¿ Qué esperas ? » Entonces es cuando lo ambiguo del verbo « esperar », que tiene doble sentido, engendra una respuesta en la que Daniela se da cuenta del modo de actuar con ella que ha sido el de Silverio (refiriéndose esto a un pasado apenas transcurrido) y expresa su esperanza en una relación paterno-filial (lo que se refiriría a un futuro hipotético) : « Como un padre… como el padre que me falta... » Y otra vez viene expresada la necesidad mutua que experimentan los personajes del drama : « Te debo yo mucho más a ti », le contesta Silverio.

Más allá de una necesidad meramente afectiva, su relación viene a ser más vallosa aún al ayudarse los dos en su acercamiento a la verdad.


Primero, tratan de explicarse lo que le pasó a Daniela, pero les cuesta trabajo afrontarse con la realidad de una situación de la que no están seguros por de pronto. Daniela grita desesperada : « He delatado a mi madre » (…) « ¡ Lo hice porque no la quiero ! », y reacciona Silverio : « con calma, aunque afectado en el fondo », lo que demuestra que él sabe que lo que ha dicho ella no es falso del todo. Pero no lo admite en seguida, sino que contemporiza : « Por salvarla… y porque no la quiere. Bien. » En cuanto a Daniela, « grita » como para convencerse a sí misma, pero es preciso que Silverio la apruebe para que lo admita, dolorida : « ¡ Oh ! (Llora de nuevo y se vuelve al pretil). Se vuelve al pretil como se vuelve hacia la desesperación. Luego afirma : « Es mi madre », lo que parece resumirlo todo en lo que atañe a los sentimientos que « debería » experimentar para con su madre, e intenta acusarse más así, pero al fin resulta que eso ayada otra vez a Silverio que sigue diciendo : « Y por eso la mantiene, y la ayuda... ». Cabe subrayar aquí la destreza de Buero Vallejo en su utilización de lo que es muy propio del género teatral : el diálogo auténtico y vivo. Con palabras muy sencillas, siguiendo el hilo de lo que se le ocurre, Silverio se va acercando más a la verdad. La entrada siguiente de Daniela también participa de este vaciarse el saco de una vez : « (Llorando) Es que hay más cosas… es que todo es demasiado negro... » Ya no puede más y se deja llevar por su discurso (de ahí la repetición del « y »). Silverio termina la frase que Daniela ha dejado sin acabar, por no atreverse a decir las cosas tales como son. Otra vez la ayuda Silverio : « Ni a Fidel », aludiendo a lo que ha notado con sólo ser atento a los demás (es mi hipótesis), a la inversa de la mayoría de los vecinos, y por eso « ella lo mira sorprendida ».


Por fin, a través de este diálogo que constituye una toma de conciencia mediante la palabra, como ya lo hemos visto, se plantea y se hace cada vez más preciso el problema de la rendención de cada uno. No es de olvidar que Daniela acaba de tratar de morir. Su rendención es un camino hacia la esperanza. Silverio procura mejorarse, lograr lo que se podría llamar la paz interior. Ambos emprenden una búsqueda anhelante del alivio, ya sea respecto al peso del pasado, ya sea frente al miedo al futuro.


Lo ponen de manifiesto los tiempos usados en el diálogo : « Como el padre que me falta... » dice Daniela, mientras que Silverio contesta : « una niña que no debió faltarme ». Lo que es posible – presente – para Daniela, ya no lo es para Silverio, sino que está acabado – pasado -. Por eso, él se vuelve melancólico, mientras que « ella se precipita a su lado y lo abraza y lo besa con inmensa, casi enamorada ternura ». Parece convencida Daniela por la fuerza de los verbos al futuro (« será », « tendrás », « será », « no tardará », « nunca más volverás », « trabajarás », « ganará », « te harán sufrir »… ) cuyo propósito también era convencer al que los pronunciaba de la realización segura de aquellos deseos. «… tú quieres a Fidel y eso basta », le ha dicho también, y Daniela puede entender en adelante que en ello radica cierto consuelo.


Fue dirigiéndose a Daniela como expuso Silverio por primera vez lo de su propia « redención » : « Lo que pasa es que usted la quisiera distinta… y usted también quisiera ser distinta de como es. Todos queremos ser distintos… » Parece estar reflexionando a lo largo de esta perorata, mientras le habla, porque se siguen las frases de manera muy sencilla, llamándose una a otra.


Hablar de « redención » es referirse a una creencia religiosa, pero no parece abusiva la palabra si se considera el monólogo de Silverio que termina la escena. « A ti te hablo. A ti, misterioso testigo, que a veces llamamos conciencia... » Aunque nunca lo dice Silverio, este monólogo se dirige a un ser personificado, por ser « testigo », « innombrable » y lleva varios nombres a la vez, (¿de los cuales podría ser el de « Dios »?). En efecto, se halla, según parece, más arriba del hombre y de su comprensión (« a quien los hombres hablan cuando están solos sin lograr comprender a quién se dirigen »). Silverio alude además a conceptos religiosos como son la fe y el perdón (« ¿ debo entenderlo como un día de esperanza y de perdón ? »), el rescate y la redención del hombre («¿ Ha sido rescatada la vida de aquella niña por la de Daniela ? »), la sumisión y la renunciación (« Lo sé y lo acepto »), que más sencillamente es aceptación. Confiesa sus culpas, se acusa a sí mismo : « Por quererme sólo a mí mismo, deshice mi vida », « he sido un malvado, y después un cobarde. » Así pués, se arrepiente y quiere rescatarse : « aunque tarde, he de rehacerla », « ya no lo seré más. »


Pero pronto vuelve a aparecer lo de la interdependencia de los seres. Ya sabe Silverio que no encontrará contestación a las preguntas que acaba de hacer (« ¿ debo entenderlo como un día de esperanza y de perdón ? », «¿ Ha sido quizá rescatada la vida de aquella niña por la de Daniela ? ») sino preguntándolo a Pilar, o sea al ser que comparte su vida y al que más daño hizo en su vida : « Pero sé muy bien que sólo puedes contestarme a través de unos labios ». Eso es el concepto sumamente humano, arraigado en la realidad y el real, de lo « moral » que tiene Buero Vallejo: no podrá considerarse como perdonado Silverio sino confesando su debilidad y sus celos a su mujer. Sólo así, piensa él, se podrá aliviar del peso que conlleva desde el día en que actuó de tal modo que murió la hija de Pilar.


Para Buero Vallejo, « moral » e incluso conceptos « religiosos » bastante presentes en la sociedad española y europea de la época, serían sinónimos de « altruismo », porque no se puede mejorar el ser humano a solas, y no hay salida en el individualismo que a menudo carece de sentido.


Pero nunca será contestada la pregunta de Silverio : « ¿ Debo entenderlo como un día de esperanza y de perdón ? », porque dentro de poco va a salir Pilar a juntarse con él y a morirle en brazos antes de que pueda preguntárselo. Pero, de verdad ¿ hubiera podido hacer su pregunta ? En esta incertidumbre estriba « el carácter trágico de la esperanza » que a veces no puede pasar a ser alivio, sino que « nunca temina (… ) es infinita ».


Entonces sólo nos queda por preguntar en qué consiste al alegría de cuantos Epimeteos hayan abierto sus cajas de Pandora por querer adquirir la sabiduría que proporciona el conocimiento, o sea la lucidez ante la vida, al encontrarse solos ante lo único que no se haya escapado : la esperanza.


La respuesta de Buero Vallejo puede ser ésta : hoy sí que es fiesta para quien sepa vivir al lado de su « prójimo », partiendo con él lo de que es capaz.


Christophe Gervot, psicoanalista, escritor, músico, artista conceptual, traductor y formador, 1990, modificado en 2019.

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